Archivado en: Pasó recién | Etiquetas: literatura, NaNoWriMo, novela, quiero ser escritor
Como lo indica el banner que he colocado en el blog, me he apuntado para participar en el NaNoWriMo, concurso del que me enteré hace unos días en el taller-podcast de Alex Hernández.
El objetivo del National Novel Writing Month o NaNoWriMo, es escribir una novela de 50.000 palabras (175 páginas aproximadamente) durante los 30 días que dura el mes de noviembre. Dicho así, suena bastante absurdo, pero luego lees la filosofía que está detrás de esta iniciativa, y la cosa cambia.
“NaNoWriMo valora más el entusiasmo y la perseverancia que el trabajo meticuloso, y ha sido diseñado para todos aquellos que han pensado vagamente en escribir una novela pero se han amedrentado por el tiempo y el esfuerzo que esto conlleva.”
“Debido al tiempo limitado para escribir, lo único que importa en NaNoWriMo es el rendimiento. Cantidad sobre calidad. Este enfoque suicida te obliga a bajar tus expectativas, tomar riesgos y a escribir sobre la marcha. Pero no te engañes: vas a escribir mucha basura y eso es algo positivo. Al obligarte a escribir de una manera tan acelerada, te permites cometer errores y olvidarte de hacer interminables ajustes y ediciones, y crear, únicamente. Construir sin derribar.”
No sé si llegue a juntar las 50.000 palabras. Por la ocupaciones que presiento se aproximan, lo más probable es que no. Pero vamos a hacer el intento. Dependiendo de cómo me vaya, quizás cree una sección en el blog en la que vaya subiendo el avance de mi “novela”.
Archivado en: Reflexiones de pecho | Etiquetas: arte, conversación, dinero, Publicidad
Me hice publicista porque, en su momento, me pareció la versión rentable del arte. Quería escribir, contar historias, transmitir mensajes mediante imágenes y sonidos, y el hecho de hacerlo para vender productos, nunca me significó un impedimento si a cambio podía obtener cierta estabilidad económica.
Claro que hay artistas (pintores, escritores, directores de cine) que llegan a ganar muchísimo dinero con su trabajo, pero en este mundo (el tercero), ello no solo requiere de cantidades exorbitantes de tiempo y talento sino además, de mucha suerte.
Pero lo cierto es que, mientras más me adentro en esta industria, más consciente soy de que esto es un negocio y que, como tal, se rige por el dinero.
Quisiera que fuese diferente. Quisiera no tener que trabajar por dinero, ni tener que preocuparme por él. No quiero tomar decisiones en función de la cantidad de ceros que tenga un cheque. No quiero medirme en dólares.
Quiero hacer bien mi trabajo y divertirme en el proceso. Quiero hacer cosas grandes, que vendan productos y sean premiadas por mis colegas. Comerciales que hagan reír, llorar o reflexionar, avisos que transmitan algo, que hagan sentir a las personas. Es allí donde la publicidad se me parece al arte. Es allí donde quiero estar.
Pero para ellos, los otros, todo es verde y de papel. El idioma del dinero es el que mejor dominan y me han obligado a aprenderlo. Y ahora, que quiero sentarme a conversar, se quedan mudos.
Archivado en: Pasó recién | Etiquetas: Caribe, estatuilla, festival, premio
Nunca me quedó claro porqué, pese a haber recibido un mail de parte del Festival Caribe informándonos que habíamos ganado un plata en la categoría de campañas de radio -por esta campaña-, no aparecíamos en la lista oficial de ganadores.
Se dijo que cierta agencia local -cuyo nombre me reservaré para evitar problemas- solicitó al Círculo de Creativos de Panamá -organizador del festival- nos sea retirado el premio, argumentando que la cuenta no nos pertenecía. El festival hizo oídos sordos al pedido y ratificó nuestro logro, nos envió la estatuilla pero sin colocar nuestro nombre en la bendita lista.
“Javo, entra a la página del Caribe, mira la lista de ganadores y tócate”, me dijo Álvaro hoy por la mañana. Y ahí estaba. Hasta nos pusieron con negritas.
Aplausos.
Archivado en: Reflexiones de pecho | Etiquetas: buenos días, malcriado, modales, saludar
Como muchos, fui criado en el ceno de una familia tradicional que se encargó de impartirme buenos modales. Me enseñaron a no hablar con la boca llena, a pedir las cosas “por favor” y que “cuando los adultos hablan, los niños hacen silencio”.
Crecí respetando muchas de esas reglas, más por costumbre que por convicción y sin desvivirme por practicarlas a cabalidad. Si estaba despistado, era probable que olvidara decir “buenos días”, apoyara un codo por encima de la mesa u obviara un “gracias”.
Además decidí suprimir la aplicación de ciertas reglas como, por ejemplo, esa de decir “buen provecho” cuando alguien está ingiriendo alimentos. ¡Que tontería! ¿Para qué hacerlo? ¿Por qué? ¿Qué significa? Si te estás comiendo una menestra en mal estado, te va a mandar volando al baño, y ni todos los “buen provecho” del mundo podrán evitarlo. ¡Es así! Y además es irritante, porque obliga a la otra persona a ingeniárselas para tragar rápido y emitir un atorado “gracias”.
Pero bueno, a lo que iba. El hecho es que hace poco me enteré de que hay personas (en mi círculo laboral) que me tachan de “malcriado”, principalmente porque, dicen, no saludo.
De entrada, la palabra “malcriado” ya me produce cierta molestia testicular. Nadie se cría a si mismo y, por lo tanto, un malcriado es siempre resultado de una formación deficiente. En mi caso, se traduce en un “tus padres te criaron mal”.
De cualquier manera, me propuse replantearme todo este asunto de los malditos buenos modales y hacer el ejercicio de saludar a todo ser humano que se encuentre en un lugar al que yo llegue. Le dije “buenos días” al portero, a la recepcionista, a los mensajeros, a los tenderos y hasta al tipo que vende los pasajes de la Metrovía.
Hoy, dos semanas más tarde, llego a la conclusión de que a la gente le encanta que la saluden. Es cómo si les dijeras un halago. Te sonríen, te tratan mejor y todo es mucho más fácil. Aún no comprendo porqué, pero algo me dice que tiene que ver con el hecho de sentir que existen, de saberse reconocidos por el otro. No lo sé.
En fin, aunque para mí, la educación y el respeto siguen estando más allá de un “buenos días” y un “gracias”, voy a seguir repartiéndolos. No en defensa de la labor docente de mis padres, sino porque hay cosas que no van a cambiar y si las cosas funcionan bien así, pues que se queden así. Total, para lo que cuesta un “buenos días”.
Tras el último asalto que tuve la desgracia de protagonizar en el papel de víctima, he debido pasar los últimos días sumido en la pobreza. Sin iPod y obligado a permanecer encerrado en casa, escucho “Por la plata baila el mono”, de Wilfrido Vargas, canción que mis vecinos parecen dedicarme mientras escribo esto.
Dudando de si con mono, Vargas se refiere a los guayaquileños, me pongo a pensar en ese poderoso caballero.
Sobre el dinero se ha hablado mucho, y casi siempre mal. Recuerdo, por ejemplo, esos trillados versos de: el dinero puede comprar medicinas pero no la salud, una casa pero no un hogar, libros pero no conocimiento bla bla bla. Creo que efectivamente, el dinero no puede comprarlo todo. Pero hay algo que me parece más importante y de lo cual hoy carezco por la simple razón de no tener con qué pagarlo: libertad.
No hablo de la libertad de Voltaire o de Descartes. Me refiero únicamente a la libertad práctica y banal, a la libertad como sinónimo de hacer lo que me dé la gana. Sin dinero mi rango de independencia se reduce a: ver televisión, leer, dormir, comer y envidiar el fiestón que han armado mis vecinos.
Puedo salir, pero para llegar a cualquier lugar –al que valga la pena ir- necesito dinero. No hay cine, no hay farras, no hay pizza, no hay cervezas. Sin dinero no hay libertad. ¿Somos esclavos del dinero o es él nuestro libertador?
En mi celda-cuarto, cuento con impaciencia las horas que faltan para que termine el mes y pueda pagar por unos cuantos días de libertad.



