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Me hice publicista porque, en su momento, me pareció la versión rentable del arte. Quería escribir, contar historias, transmitir mensajes mediante imágenes y sonidos, y el hecho de hacerlo para vender productos, nunca me significó un impedimento si a cambio podía obtener cierta estabilidad económica.
Claro que hay artistas (pintores, escritores, directores de cine) que llegan a ganar muchísimo dinero con su trabajo, pero en este mundo (el tercero), ello no solo requiere de cantidades exorbitantes de tiempo y talento sino además, de mucha suerte.
Pero lo cierto es que, mientras más me adentro en esta industria, más consciente soy de que esto es un negocio y que, como tal, se rige por el dinero.
Quisiera que fuese diferente. Quisiera no tener que trabajar por dinero, ni tener que preocuparme por él. No quiero tomar decisiones en función de la cantidad de ceros que tenga un cheque. No quiero medirme en dólares.
Quiero hacer bien mi trabajo y divertirme en el proceso. Quiero hacer cosas grandes, que vendan productos y sean premiadas por mis colegas. Comerciales que hagan reír, llorar o reflexionar, avisos que transmitan algo, que hagan sentir a las personas. Es allí donde la publicidad se me parece al arte. Es allí donde quiero estar.
Pero para ellos, los otros, todo es verde y de papel. El idioma del dinero es el que mejor dominan y me han obligado a aprenderlo. Y ahora, que quiero sentarme a conversar, se quedan mudos.
Tras el último asalto que tuve la desgracia de protagonizar en el papel de víctima, he debido pasar los últimos días sumido en la pobreza. Sin iPod y obligado a permanecer encerrado en casa, escucho “Por la plata baila el mono”, de Wilfrido Vargas, canción que mis vecinos parecen dedicarme mientras escribo esto.
Dudando de si con mono, Vargas se refiere a los guayaquileños, me pongo a pensar en ese poderoso caballero.
Sobre el dinero se ha hablado mucho, y casi siempre mal. Recuerdo, por ejemplo, esos trillados versos de: el dinero puede comprar medicinas pero no la salud, una casa pero no un hogar, libros pero no conocimiento bla bla bla. Creo que efectivamente, el dinero no puede comprarlo todo. Pero hay algo que me parece más importante y de lo cual hoy carezco por la simple razón de no tener con qué pagarlo: libertad.
No hablo de la libertad de Voltaire o de Descartes. Me refiero únicamente a la libertad práctica y banal, a la libertad como sinónimo de hacer lo que me dé la gana. Sin dinero mi rango de independencia se reduce a: ver televisión, leer, dormir, comer y envidiar el fiestón que han armado mis vecinos.
Puedo salir, pero para llegar a cualquier lugar –al que valga la pena ir- necesito dinero. No hay cine, no hay farras, no hay pizza, no hay cervezas. Sin dinero no hay libertad. ¿Somos esclavos del dinero o es él nuestro libertador?
En mi celda-cuarto, cuento con impaciencia las horas que faltan para que termine el mes y pueda pagar por unos cuantos días de libertad.
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Cabreado porque no nos pagarían hasta el día lunes, salí al patio de la agencia a fumar un cigarrillo y a revisar en mi teléfono cualquier tontería. Entonces me encuentro con este artículo según el cual la Secretaría Nacional de Planificación y Desarrollo (Senplades), asegura que el 47,9% de los ecuatorianos declara ser “muy feliz”. ¿Qué es la felicidad?, me pregunté y, más importante aun, ¿cómo puede alguien medirla?
La felicidad, nos ha sido presentada siempre como una meta, un lugar en el que todos esperamos estar algún día. Llegar a ella no es sencillo: debes estudiar para conseguir un buen trabajo para tener dinero para comprar un linda casa para compartir con tu familia… Ese es más o menos el camino que nos vendieron. Y uno se esfuerza, se levanta todos los días a correr por ese sendero con un solo objetivo en mente: llegar a ser feliz lo antes posible. Pensamos que mientras más temprano lleguemos, más tiempo vamos a permanecer ahí.
Con el 47,9% en la cabeza, me puse a pensar en qué tan feliz soy. De inmediato me di cuenta de que pretender cuantificar la felicidad era una verdadera estupidez. Al terminar el día, varias reflexiones más tarde, comprendí que feliz solo se está, no se es.
Un saludo afectuoso de una persona a la que creía caerle mal, levantarme lo suficientemente temprano como para escuchar cantar a los pajaritos, un “me encanta” de parte de un cliente, encontrar dinero en un pantalón sucio, un asiento disponible en la Metrovía, un beso, un café, una playa, una cerveza, una canción…son algunas de las cosas que pueden hacer que me sienta feliz. Pero son instantes, fugaces como un orgasmo, luego de los cuales vuelves a tu vida de siempre, creyendo que no todo es tan malo, pero imposibilitado aún de poder decir “soy feliz”.
Agradeciendo no ser parte de ese ingenuo 47,9%, me preparo a pasar otro fin de semana chiro (sin dinero). Quizás no sea tan malo, sobretodo porque mientras más tarde me paguen, más tarde me gastaré ese dinero en tonterías que, después de todo, no compran la felicidad.



