Con jota y ve pequeña – El blog de Javier Ramírez


Destapa la felicidad
22 diciembre 2010, 22:02
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El único Papá Noel en el que creo es en el de Coca Cola. No hay más. El resto son todos unos farsantes. De hecho, tengo una teoría que, sin el menor de los fundamentos, dice que Papá Noel realmente existe y que Coca Cola le pasa una mensualidad para que actúe en sus comerciales y pose para sus afiches.

¿Nunca se preguntaron de dónde sacaba Papá Noel dinero para comprar los regalos, o de qué vivía? Digo, esa barriga no ha de ser solo de cerveza ¿no? Bien, pues yo creo que los compra con un cheque firmado por el Sr. Coca Cola. Y lo creo en serio.

     Si este es un actor disfrazado, está todo perdido.

De cualquier manera, miren lo que me trajo esta navidad el Papá Noel de Coca Cola.

Feliz Navidad.

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Me suena
18 diciembre 2010, 01:02
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No sé si les pasa a todos pero yo soy muy de escuchar una misma banda hasta cansarme. Supongo que es el mismo comportamiento obsesivo compulsivo que, en su momento, me llevó a abusar de los Tic Tac (de naranja por supuesto) y de los Gummi Bears hasta no soportarlos más. Es mentira. Habría que tener el alma muy hecha mierda para cansarse de los ositos de goma.

Pero volviendo al tema de la música, este consumo irresponsable e insistente ha provocado que todos los momentos -importantes o no- de mi vida, tengan una suerte de soundtrack, una manera de sonar. Y así como escuchar a Celine Dion nos recuerda a Rose flotando en mitad del Atlántico intentando despertar a Jack (tiene la piel morada mal y la tipa cree que está dormido… ay, Rose) creo que no hay canción en mi biblioteca que no me remonte a determinado punto de mi historia.

Así, por ejemplo, escuchar a Sabina es como volver a caminar por Buenos Aires. Kevin Johansen me lleva de vuelta a mi habitación en Guayaquil. Vampire Weekend da frío como Quito por la noche. Fito&Fitipaldis y John Frusciante soplan como el viento de Playas y Passion Pit se parece a Montevideo por la tarde. Placebo, Imogen Heap, Death Cab For Cutie y The Postal Service son como la primera agencia en donde trabajé y The Smiths, The Shins, The Mars Volta, The Bird and the Bee y Phoenix, como la penúltima.

(Quizás por eso “álbum” se usa para fotos y para discos.)

Y mi venida a La Paz, toda esta transición a la que por poco me animo a llamar “nueva vida”, como no podía ser de otra manera, está teniendo también su banda sonora, y es lo que quería compartir esta noche de viernes con ustedes. Se trata de Tokyo Police Club, un grupo canadiense de Indie. Los dejo con tres de los mejores temas de Champion, largo su mejor… álbum.



Enredado
15 septiembre 2010, 00:18
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“Lo virtual y lo real no son mundos opuestos sino capas de una misma realidad. Ya no es posible oponer lo virtual a lo real, los entornos virtuales forman parte de nuestra vida real.”

“Parece ser que lo que hacemos en la vida real repercute en FB y lo que hacemos en FB influye al mismo tiempo en nuestra vida real. ¿Será que FB se parece mucho al mundo en el que vivimos?”

“En tal medida, FB integra la vida off con la vida on, el perfil público con la identidad real. Toma huellas de lo real que hace presentes en lo virtual y viceversa, disolviendo aquellos entornos que permitían jugar con la identidad y la posibilidad de reinventarse.”

Facebook posiciona el “me gusta” por sobre el “no me gusta” ¿Dónde está lo conflictivo o negativo en FB?

Citas tomadas de: Construir identidad y presentarse a sí mismo en las redes sociales: el efecto Facebook.



Juego limpio
3 diciembre 2009, 01:10
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Aunque admiro la capacidad que tiene el fútbol para emocionar y reunir multitudes, nunca me he contado entre sus hinchas. Salvo los partidos de la selección nacional, son pocos los encuentros que sigo. Eso sí, me gusta conocer un poco por encima el asunto, sobretodo para tener de qué conversar: después de mujeres y antes que carros, la mayoría de mis amigos no hablan de otra cosa.

Hoy, además de pensar en que necesito nuevos amigos, he estado dándole vueltas a este tema del fútbol. Desde hace un par de años la Liga Deportiva Universitaria viene demostrando un nivel futbolístico impresionante, el mismo que el día de hoy le valió el título de campeón en la Copa Sudamericana. Muchos ecuatorianos han celebrado este logro, pero otros -ojala una minoría- han preferido alinearse en el equipo contrario y desear que se termine esta buena racha.

Me parece que se da más entre barcelonistas, pero lo cierto es que las opiniones de rechazo son cada vez más fuertes y generalizadas, a tal punto de no solo rogar que la liga pierda, sino además ofender y tachar de “posers” y “traidores” a aquellos que -con mejor salud mental- compartimos la alegría de esos triunfos.

Porque no es un asunto de fútbol solamente, no se trata de equipos o camisetas. Se trata de nuestra maldita idiosincrasia y de cuán merecido tenemos lo que tenemos.

Y si hablamos de publicidad, sucede exactamente igual. Cada agencia juega para su lado y las victorias que el país debería celebrar tras obtener un premio internacional, quedan muchas veces en discursos muy correctos pero muy dobles. Nos pasó a nosotros en Caribe y estoy seguro de que pasa muy seguido.

Si se trata, por ejemplo, del Cóndor de Oro, es lógico que quieras estar por encima de tus pares y normal que te produzca cierta envidia que otro levante más aves que tú. Pero si es el Caribe y tú ni siquiera estás participando ¿qué necesidad tienes de pelear para que nos quiten el premio? No te lo van a dar a ti.

Todos sentimos envidia, por supuesto. Yo primero. Pero quedarse ahí es sumamente primitivo. ¿Ese man se ganó un Ojo? Chuta, yo también quiero. Ok, ¿Cuál es la pieza? ¿Cuáles son sus fortalezas? ¿Puedo hacerlo yo igual de bien? ¿No? ¿Qué me hace falta? ¿Cómo lo consigo? Pero claro, es más fácil jugar sucio, meter mano y lanzarte en el área.

En fin, que hay mucha gente por ahí con la mentalidad retorcida. Tengan cuidado.



Profesionales diferentes
25 noviembre 2009, 23:49
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Hace unos días, apropósito de la mala calificación que obtuviera la Universidad Casa Grande en el informe del Consejo Nacional de Evaluación y Acreditación (CONEA), Marcia Gilbert argumentaba que aquella evaluación había sido “concebida bajo parámetros muy tradicionales que descuidaban los aspectos cualitativos” que tanta importancia tienen en universidades como la que ella preside.

Para quienes no lo sepan, la Universidad Casa Grande se ha caracterizado siempre por sus métodos de enseñanza pocos convencionales entre los que destaca el famoso Aprender Haciendo (o como yo lo llamo, Aprender Reprobando). Están además otras instancias novedosas como los Puertos y los Casos que, en mi opinión, hacen tremendamente más efectivo y lúdico el proceso de aprendizaje. Ojo, creo que hay mucho que corregir y espero que todo esto sirva para terminar de poner, literalmente, la casa en orden. Pero el tema es que no me sorprendería en lo absoluto que el CONEA no haya sabido en qué casilleros evaluar todas esas bondades “diferentes”.

Mientras escuchaba a Marcia, no pude evitar sentirme identificado y pensar en el precio que tiene ser diferente.

Y es que esta sociedad es así, objetiva, numérica, cuadrada. Como una tabla de Excel. ¿Por qué? Porque es más fácil. Porque considerar aspectos cualitativos exige procesos mentales complejos. Y a la gente no le gusta pensar.

Porque decir “si faltaste al 30% de las clases, no puedes pasar la materia” es más fácil que averiguar por qué razón tienes las notas más altas del curso.

Porque decir si no estas en la oficina 40 horas semanales no puedo subirte más el sueldo” es más fácil que calcular cuánto valen todos los premios que has ganado para la agencia.

¿Llegará el día en el que las palabras cuenten más que los números? Yo creo que no y que estamos condenados de por vida a tener que regatearle a la sociedad para que -parafraseando a Sabina- ser diferentes no nos salga tan caro.



Mudos
9 octubre 2009, 15:21
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Me hice publicista porque, en su momento, me pareció la versión rentable del arte. Quería escribir, contar historias, transmitir mensajes mediante imágenes y sonidos, y el hecho de hacerlo para vender productos, nunca me significó un impedimento si a cambio podía obtener cierta estabilidad económica.

Claro que hay artistas (pintores, escritores, directores de cine) que llegan a ganar muchísimo dinero con su trabajo, pero en este mundo (el tercero), ello no solo requiere de cantidades exorbitantes de tiempo y talento sino además, de mucha suerte.

Pero lo cierto es que, mientras más me adentro en esta industria, más consciente soy de que esto es un negocio y que, como tal, se rige por el dinero.

Quisiera que fuese diferente. Quisiera no tener que trabajar por dinero, ni tener que preocuparme por él. No quiero tomar decisiones en función de la cantidad de ceros que tenga un cheque. No quiero medirme en dólares.

Quiero hacer bien mi trabajo y divertirme en el proceso. Quiero hacer cosas grandes, que vendan productos y sean premiadas por mis colegas. Comerciales que hagan reír, llorar o reflexionar, avisos que transmitan algo, que hagan sentir a las personas. Es allí donde la publicidad se me parece al arte. Es allí donde quiero estar.

Pero para ellos, los otros, todo es verde y de papel. El idioma del dinero es el que mejor dominan y me han obligado a aprenderlo. Y ahora, que quiero sentarme a conversar, se quedan mudos.




Buenos días mi señorita, matatiru, liru, la
17 septiembre 2009, 00:58
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Como muchos, fui criado en el ceno de una familia tradicional que se encargó de impartirme buenos modales. Me enseñaron a no hablar con la boca llena, a pedir las cosas “por favor” y que “cuando los adultos hablan, los niños hacen silencio”.

Crecí respetando muchas de esas reglas, más por costumbre que por convicción y sin desvivirme por practicarlas a cabalidad. Si estaba despistado, era probable que olvidara decir “buenos días”, apoyara un codo por encima de la mesa u obviara un “gracias”.

Además decidí suprimir la aplicación de ciertas reglas como, por ejemplo, esa de decir “buen provecho” cuando alguien está ingiriendo alimentos. ¡Que tontería! ¿Para qué hacerlo? ¿Por qué? ¿Qué significa? Si te estás comiendo una menestra en mal estado, te va a mandar volando al baño, y ni todos los “buen provecho” del mundo podrán evitarlo. ¡Es así! Y además es irritante, porque obliga a la otra persona a ingeniárselas para tragar rápido y emitir un atorado “gracias”.

Pero bueno, a lo que iba. El hecho es que hace poco me enteré de que hay personas (en mi círculo laboral) que me tachan de “malcriado”, principalmente porque, dicen, no saludo.

De entrada, la palabra “malcriado” ya me produce cierta molestia testicular. Nadie se cría a si mismo y, por lo tanto, un malcriado es siempre resultado de una formación deficiente. En mi caso, se traduce en un “tus padres te criaron mal”.

De cualquier manera, me propuse replantearme todo este asunto de los malditos buenos modales y hacer el ejercicio de saludar a todo ser humano que se encuentre en un lugar al que yo llegue. Le dije “buenos días” al portero, a la recepcionista, a los mensajeros, a los tenderos y hasta al tipo que vende los pasajes de la Metrovía.

Hoy, dos semanas más tarde, llego a la conclusión de que a la gente le encanta que la saluden. Es cómo si les dijeras un halago. Te sonríen, te tratan mejor y todo es mucho más fácil. Aún no comprendo porqué, pero algo me dice que tiene que ver con el hecho de sentir que existen, de saberse reconocidos por el otro. No lo sé.

En fin, aunque para mí, la educación y el respeto siguen estando más allá de un “buenos días” y un “gracias”, voy a seguir repartiéndolos. No en defensa de la labor docente de mis padres, sino porque hay cosas que no van a cambiar y si las cosas funcionan bien así, pues que se queden así. Total, para lo que cuesta un “buenos días”.